UN MUNDO DE CEMENTO: LA HISTORIA DE UN PUEBLO

Érase una vez un mundo de cemento, un pequeño mundo en un pequeño pueblo.

Durante miles de años la gentes de una villa perdida entre montañas subsistieron gracias a los rebaños y el trabajo duro en las pequeñas porciones de tierra de las laderas. Todos en la familia debían arrimar el hombro para traer algo de comer a sus bocas, a los ocho años los niños dejaban de ser niños para

convertir-se en un par de brazos más y ayudar a mantener sus vastas familias con su esfuerzo y sudor.

La extracción de madera de los bosques de la parte húmeda del valle era el recurso principal con el que contaban pero como es de imaginar, pronto de acabó lo que se daba. Con el tiempo las arboledas menguaron y no daban abasto para edificar y alimentar los hornos, las fraguas y las primeras industrias que estaban enriqueciendo a unos pocos y esclavizaban al resto.

Algunos más listos y más adinerados, porque en todos lados los hay, elaboraron un plan estratégico: si no podían sacar carbón de la madera lo sacarían de la tierra, de las rocas, pues el carbón mineral es una roca sedimentaria con restos de vegetales solidificados.

Algunos trabajadores empezaron a excavar y excavar formando curiosos túneles en les montañas y galerías infinitas. Aún así, el valle era tan cerrado que era un gran problema sacar la producción y que llegara la riqueza.

Por aquel entonces alguien con muchísimo pero que muchísimo dinero e influencias se fijó en aquel pedacito de mundo, en sus laderas calcáreas, en sus minas de carbón y en su río. Llegó como un vendaval cambiando por completo el devenir de sus gentes.

Empezó a construirse una gran fábrica en una ladera del norte del municipio. En poco tiempo y gracias a la mano de obra que requerían sus colosales instalaciones, la población de duplicó, triplicó y hasta cuadriplicó.

La gran industria cementera compró las minas pero como la intensas jornadas laborales que se realizaban abriendo las entrañas de la tierra en todas las montañas cercanas se sumaban a los largos trayectos que los obreros

debían realizar desde el puesto de trabajo hasta su casa, los trabajadores estaban agotados.

La cementera, en aquel momento con auge de ventas, debía construir alojamientos cerca de las bocaminas, entre ellos un edificio para los técnicos e ingenieros de las explotaciones, además de sus familiares y personal de servicio.

Teniendo en cuenta que debido a su prestigio quería destacar por encima de los competidores para demostrar su grandeza empresarial, su dueño encargó el diseño de la obra a uno de los mejores y más afamados arquitectos del momento: Antoni Gaudí.

Gaudí, conocido por sus obras excéntricas, originales y modernistas, esbozó un espectacular refugio de montaña simulando una de la formas favoritas de sus proyectos: el arco catenario. Los tres pisos que contenía el edificio clasificaban a sus moradores según el rango que ocupaban en el escalafón social: en la planta inferior, donde el aislamiento no tenía su mejor calidad, se alojaba todo el personal de servicio; en la segunda, los técnicos y sus familias y ya en la última el personal subalterno y técnicos inferiores.

No fue el único cambio que sacudió la rutina de las amables gentes del lugar, éstos se sucedieron uno tras otro y construcción tras construcción.

Un pequeño ferrocarril de vía estrecha unió la industria con el núcleo de población y transportaba el material hasta el pueblo vecino para cargarlo en el tren de mercancías.

El carbón pasó de bajarse con animales de tiro a un espectacular teleférico que lo recogía en cestas des del mismo pie de las minas hasta una estación a las afueras de la villa, y poco a poco pequeños teleféricos secundarios fueron uniéndose desde cada una de las explotaciones al teleférico principal que era la atracción de todas la miradas.

La espectacularidad no duraba mucho pues en pleno proceso de industrialización cada adelanto técnico era visto como un milagro por aquellas gentes encerradas desde antaño. El tren, la nueva carretera, la luz eléctrica, el telégrafo… La fábrica vivió grandes años de esplendor antes del comienzo de la Guerra Civil llegando a extraer miles de tonelada de carbón de las preciadas montañas y superando importantes crisis derivadas de la II Guerra Mundial.

Los años de la Guerra Civil y la posguerra fueron muy duros pero una vez acabada la contienda, la industria mantuvo sus niveles de producción durante varios años consiguiendo una cierta estabilidad para los habitantes del lugar. Muchos jóvenes querían trabajar gratis en las minas para librarse así del servicio militar pues se consideraba el carbón como un bien de primera necesidad para el Estado.

Siete décadas dieron para muchas alegrías y muchas penas, siete décadas vieron pasar varias generaciones de una misma familia por sus máquinas hasta que éstas envejecieron junto a aquellos que una vez fueron niños cubiertos de polvo blanco corriendo con encargos de un lado al otro de la enorme construcción.

2020-08-18T16:57:01+00:00